✺
Cuento por Valentina Alondra
✺
Todas las mañanas antes de ir al colegio, tu hermana chica entraba a tu pieza y te pedía que le subieras el cierre del jumper.
No alcanzo, se excusaba, haciendo pucheros.
Tú ponías los ojos en blanco y le preguntabas por qué le costaba tanto, que a su edad los niños son de goma, pueden hacer cualquier cosa.
Difícil moverse dentro de este tubo, respondía ella mientras le subías el cierre eclair y sellabas su envoltura de niña. Es súper incómodo para correr y en verano es como un horno, continuaba, volviéndose sobre su hombro y cepillando con los ojos tu uniforme escolar de varón estándar: camisa blanca, pantalón gris, la corbata a medio hacer alrededor del cuello. No decía nada, pero sabías que te acusaba de algo.
De hacer trampa en la lotería de los genes, o algo parecido.
Cuando se ponía así le pinchabas las mejillas y le preguntabas si ya había terminado de arreglarse. Al recordar su pelo desecho y su cara sin lavar, ella pegaba un salto y se escurría al baño.
Tú la dejabas ir con una tristeza muda.
La dejabas ir y pensabas que ojalá tener un par de años menos y que tu cuerpo de líneas rectas cupiese en un tubo. Ojalá no tener esta figura de triángulo invertido, el rostro cuadrado, los hombros huesudos, un cuerpo angular que intentabas esconder bajo camisas más grandes que la tuya.
(Pero cuando sonaba la campana del liceo, el inspector los mandaba a formarse en el patio y te ordenaba meterte la camisa dentro del pantalón, estilizar tu silueta que pretendía ser otra cosa. ¿Se cree rapero usted que anda con los pantalones caídos? Mañana me viene con cinturón, ¿me escuchó?
Pero no escuchabas. Al día siguiente te aparecías con la camisa afuera, la tela casi alcanzando tus rodillas).
Te cargaban los pantalones. Te cargaba sentir el roce de la tela contra los muslos con cada paso que dabas. Así que todos los días, después de llegar a tu casa, cerrabas la puerta de tu pieza y te los quitabas. Te paseabas frente al espejo sólo en camisa. Te parabas frente a tu reflejo y te mirabas desde todos los ángulos; de frente, de lado, de espaldas, tres cuartos. Mirabas tu cuerpo, no tu cara. A menudo tratabas de no ver tu cara y la tenías fácil. Con los años habías crecido y ahora tu cabeza quedaba fuera del espejo. El marco, una guillotina que separaba tu cabeza de tu cuerpo.
Lamentabas que tu hermana chica fuera tanto más chica y no pudieras probarte su uniforme a escondidas.
Quizá ir a un colegio de puros hombres te salvó y no te expuso día tras día al anhelo de faldas cortas. No te expuso a la envidia de las calzas que se asomaban por debajo del dobladillo, a las pinzas que apretaban los costados para que la tela no cayera como saco de papas sino que modelara los cuerpos, plegándose en las curvas correctas sin amenazar con romperse ante un movimiento equivocado.
Todos tus movimientos erraban excepto las poses que ponías frente al espejo en tu camisa-vestido. Te sacabas fotos que no le ibas a mandar a nadie y pensabas en alguna excusa por si alguien las encontraba fondeadas en alguna carpeta de tu celular. Pensabas en las películas de comedia romántica que veía tu hermana (y tú también) donde las protagonistas siempre le sacaban la ropa prestada a sus pololos; una polera cuadrada, una camisa holgada, un polerón de mangas largas.
Rodeabas tus hombros con los brazos y hundías la barbilla en el pliegue del codo. Te mecías de lado a lado. Tú eras tu niña y tu pololo.
Pero en el colegio no podías ser ninguno.
En el colegio eras el Nico. El artículo indefinido siempre por delante porque en este país hablamos así, con la urgencia de saber si Nico, Domi, Mati, Dani, son un la o un el.
(Era un colegio de puros hombres, ¿qué duda les iba a caber?).
Las niñas iban al colegio al otro lado de la plaza. Tus compañeros salían a esperarlas afuera cuando las clases terminaban antes. Tú nunca ibas. Te palpitaba algo en el costado ver el ejército de rodillas y calcetas saliendo del edificio y poblando la plaza de tierra.
Cuando tu hermana pasara la media sería una de ellas. Se pasearía del brazo con su mejor amiga, cóyac en la boca, una pelota asomada en la mejilla.
Te preguntas si para ese entonces te seguirá pidiendo que le subas el cierre del jumper o que le trenzes el pelo.
Te preguntas, también, si cuando ella sea grande, tú seguirás teniendo estos dedos gruesos, los nudillos gastados, la palma del porte de tu cara.
Elegiste la especialidad de electrónica porque te metieron a un liceo industrial y porque las palabras automotriz o mecánica te habrían quedado igual de mal como el jumper de tu hermana.
Da igual. Cualquier cosa que eligieras no te iba a gustar. Ninguna opción te gustaba, pero había que elegir, así que elegiste algo.
En tu caso, fue abrir y cerrar circuitos, armar y ensamblar sistemas electrónicos, programar equipos de domótica. Siempre era tu mentón pegado a la depresión de la clavícula, tus ojos protegidos tras el visor transparente, tus manos adentrándose en un enredo de cables blanco, azul, amarillo, rojo. Cada vez que tenían taller pensabas que así mismo debía sentirse un cirujano al abrir un cuerpo. ¿Qué es lo que encontraría alguien al abrir el tuyo? El procesador recalentado, el almacenamiento a tope, los cables pelados sacando chispas. En fin, un equipo sin mantenimiento y polvo atascado en los ventiladores.
Ojalá arreglarte fuese tan fácil como reordenar los cables en tu cabeza.
–¿Alguien ha visto el cajón de los conectores hembra? –preguntaba un compañero durante un taller.
Todo el curso estaba repartido en amplias mesas trabajando en sus proyectos individuales. El profesor los dejaba poner música con la promesa de que no conversaran tanto ni sacaran la vuelta.
El tambor de un reggaetón te mantenía despierto y concentrado, pero la repentina pregunta te sacó del trance.
–¿Te falta una hembra, Pancho? –le devolvieron la pregunta desde el otro lado de la sala.
Una oleada de risas y chiflidos recorrió el taller.
–Tu hermana me falta –replicó el otro. –Ya po, ¿Quién tiene los conectores? Los necesito.
Levantaste una mano apocada y te aclaraste la garganta.
–Yo… yo los tengo. Sorry. No devolví la caja al estante.
Francisco avanzó hacia ti abriéndose paso entre las mesas del taller. El overol azul se ajustaba a su cuerpo, su torso, sus hombros como si hubiese sido un traje hecho a medida, no un uniforme cualquiera que tomaban prestado del armario. El visor era un cintillo en su cabeza que aplastaba su pelo mechas de clavo y lo hacía parecer un poco menos electrocutado, un poco menos alto. En las horas de la tarde, la sombra oscura de la barba se hacía lugar en sus mejillas y a ti no te habría sorprendido que no necesitara el carnet para comprar alcohol en la botillería.
Tenían la misma edad, estudiaban la misma especialidad, pero no creías que pudiesen existir dos personas más distintas.
Te saludó con un gesto de la cabeza y recogió las cosas que necesitaba. No pudiste evitar fijarte que sus manos también eran distintas. Mientras las tuyas eran grandes y toscas, sus dedos eran cortos y delgados.
Empuñaste tus manos, las uñas hundiendo media lunas en tu palma.
No había nada que te hubiese gustado más que entrar al taller de construcciones metálicas y que alguien te cortara y te soldara los dedos.
Tus dedos alargaron un permiso para asistir a una actividad escolar fuera del liceo.
Los ojos bolsudos de tu papá te miraron de vuelta.
–Ya andan buscando cabritos a punto de graduarse de cuarto –murmuró mientras rayaba cualquier cosa en el espacio para la firma del apoderado. –También lo hacían cuando yo iba en el colegio.
El Frigorífico apostado fuera de la ciudad los había invitado a una visita para conocer las instalaciones de la empresa. A ti no te tincaba trabajar en un galpón con temperaturas bajo cero, pero al menos era mejor que quedarse en el liceo estudiando.
–Esto no más lo hacen porque es más barato pagarle a un técnico de grado medio que a alguien con más estudios –continuó tu papá, devolviéndote el papel firmado.
No lo pescaste. No le dijiste que encontrabas bacán que alguien te buscara y te quisiera, cualquiera fuera la razón.
Aún cuando esa razón fuera pagarte menos.
Los llevaron en bus al Frigorífico. Todo lo gestionó la empresa: el transporte, el almuerzo, la guía diciendo que esta era una buena pega para recién egresados y que tenían muchos ex alumnos trabajando ahí. Dijo hartas cosas más, pero tú te distrajiste mirando la playa, la costanera, el océano verdoso más que azul y el cielo encapotado.
Luego de media hora en la carretera, el bus se estacionó frente a una estructura de cemento construida al lado del mar. Afuera, un par de gaviotas gritaban dibujando círculos en el cielo y la brisa sulfurosa del Pacífico soplaba en tu pelo. El aire habría estado más fresco si no fuera por el humo del bus y de todos los camiones que descargaban sus cajas frente a la gran bodega.
Desfilando hacia la entrada, alguien mencionó, “está pasado a choro”, ganándose las burlas y risas del resto. “Cuándo hai visto un choro vo’, mentiroso culiao,” escuchaste decir varias veces y se te escapó una risita.
Alguien pasó por tu costado y te empujó con el hombro.
“Y vo’ qué vai a saber lo que es un choro,” dijo entre dientes antes de perderse en el ejército de pantalones grises y camisas blancas.
La visita, pronto supiste, no era más entretenida que estar en el liceo. Después de acomodarlos en una sala sin ventanas, les hicieron una charla de seguridad y les mostraron un video corporativo. Luego, los movieron a una segunda habitación donde les prestaron cascos y chaquetas reflectantes para entrar a la cámara de frío.
Las puertas al final de un pasillo se abrieron para darle paso a un galpón inmenso. Adentro, sucesivos palets de colores desfilaban del suelo al techo, guardando mariscos congelados, harina de pescado y otros derivados. Todo el grupo se movía por los pasillos laberínticos, pero apenas escuchabas a la guía explicando la cadena de frío y los procesos de etiquetado. Todo estaba envuelto por el zumbido de las máquinas de refrigeración o por el ruido del montacargas trasladando y organizando los sacos de un lado para otro.
El recorrido en la cámara en sí no se suponía que iba a durar tanto, pero a ti te parecía eterno. Tus dientes castañeaban y temblabas levemente bajo tu chaqueta reflectante. Te llevaste tus nudillos a la boca e intentaste calentarlos con tu aliento sin mucho resultado. La piel de tus manos estaba roja y resquebrajada. Tu cara debía estar igual, teñida y descamada. No sentías tus mejillas. Habían varias partes de tu cuerpo que no sentías, ahora que lo pensabas.
El frío hace cosas misteriosas con uno. Los vasos sanguíneos se estrechan para mantener el calor y los testículos se pegan a la ingle; se tensan, disminuyen.
Sin mucho más en qué entretenerte, se te cruzó un pensamiento.
Si pasaras ahí el tiempo suficiente, ¿desaparecerían del todo?
Alguien pensó lo mismo a tus espaldas.
“Hasta qué hora nos tienen aquí,” se quejaba la voz. “Tengo los cocos congelados.”
Te llegó el rumor de una risita. “No le echís la culpa al frío,” dijo la voz de Francisco. “Si todos sabemos que tenís el pico chico.”
Mirabas al frente, pero aún así escuchaste el chasquido de una patada y un quejido silencioso. Un ‘ya vai a ver afuera, ahueonao’.
Te giraste levemente sobre tu hombro y te encontraste de frente con Francisco, el rostro contraído por la risa y el dolor.
No hubo más risas cuando sus ojos se encontraron.
–¿Y vo’? –Levantó el mentón en señal de desafío. –¿Qué mirai?
Uno de sus amigos respondió en tu lugar.
–Es que dijiste ‘pico chico’ y pensó que lo llamaban.
Las risas volvieron, esta vez a tus expensas, pero a ti qué te importaba. Se reían de todo. Se reían de cualquier cosa.
Se hubiesen reído aún más si supieran lo que pensabas.
Que si andaban tan preocupados por el porte, tú feliz les regalabas todo lo que tenías.
Que cómo se llamaba eso que hacen con los pescados cuando los abren y les sacan la espina de cuajo.
Que ojalá alguien hiciera eso contigo.