En los cuentos de este libro (…) está presente en forma de una naturaleza o un entorno que se degrada, mundos que se trastocan y del que muchas veces los personajes parecieran querer distanciarse por medio de la fantasía
Norma, Maca y Martín son personajes que viven al borde del desastre y son capaces de palparlo en sus mundos que caen a pedazos: en la casa, la escuela, el valle, la ruta o el cerro lleno de casas frágiles. El desastre es un evento repentino que irrumpe en el curso de los acontecimientos y excede la capacidad de hacer algo, pero que tiene impacto en todo orden de la vida. En los cuentos de este libro: Lama, Formas de suicidarse y Todo queda a kilómetros, está presente en forma de una naturaleza o un entorno que se degrada, mundos que se trastocan y del que muchas veces los personajes parecieran querer distanciarse por medio de la fantasía, la música, la mirada puesta en el horizonte o en la negación de dos manos que se llevan al rostro cuando no se quiere ver lo que está pasando.
En ellos también se ensayan actitudes frente al desastre: optimismo obligado, nostalgia, esperanza, ensoñación, impotencia, inocencia, rabia, soledad, tristeza, desamparo. Así se siente habitar la dureza de un llano al que nadie apuesta, al que se busca obstinadamente sacar de su condición de infértil o zona desahuciada.
Y no son tan lejanas estás historias, Norma es quizás una de las tantas mujeres a las que escuchamos anhelar la vida del valle, para dejar atrás esta tierra seca y áspera de norte: aquella añoranza del verde para el que ella termina trabajando en un valle cercano a La Serena como conductora de un camión aljibe que reparte agua. Todo a la distancia es un espacio idealizado por deseo, al que se quiere ir, pero todo intento de salir es ver también el abandono y la sequía de otros parajes. A los que cuando nos acercamos un poco, nos damos cuenta que son más una idea de la que intentamos convencernos…
“Ese día tratas de convencerte de que no sientes el frío, de que ya te habituaste: estás cumpliendo tu sueño de toda la vida: haberte venido a vivir al sur. Pero acá todavía estamos al norte. No puedes escapar del Norte, de mi boca abierta, de la aridez que te sigue”.
Escapar de parajes que no son sólo humanos por lo demás, también son “todos los ecos de la tierra”. Pueblos de árboles, pueblos de aguas, de rudas, de horizontes en el mar, de montañas, de tierras. Que también resienten una sequedad inminente, que son la sustancia del recuerdo, que al final son más que un mero paisaje o telón de fondo de una narración.
Para la Normita se han secado los labios rojos de las cumbias que la hacían olvidar un rato. Se despierta y están todos yéndose del valle seco, entre ellos Sandra, su amada platónica, con los labios ya partidos. La recuerda, como el recuerdo compone un presente que ha cambiado. En medio del sueño Sandra, una ilusión de agua en el estero, como formas de no querer ver la sequía y el pasado.
"No vas a quemar nada, no hay nada rodeándote afuera. Acaricias las hojas de la ruda, como si se tratara de una hija y miras hacia la puerta. Intentas olvidar observando una polilla majestuosa atrapada en el plafón. Era la tarde, la tarde cuando el sol caía. La tarde, la tarde cuando fuiste mía. Pero no puedes".
Van Norma, Maca y Martín entre recuerdos que ya no están. Maca con su amiga van aprendiendo también lo que es vivir en una zona de sacrificio. Aprenden, como niñas que van a la escuela, que los órganos enferman, que la gente se muere o que a alguien pueden suicidarlo. En la sala se quedan mirando el cielo por los ventanales, con esa mirada, “la misma de los adultos cuando miran hacia el horizonte”. Buscando algo o sólo contemplando, como al final de un llano, al desastre desplegarse sin poder hacer algo, pero que se les cuela en todo espacio de la vida. El polvo se mete en la experiencia. Aunque les pidan a las niñas estar adentro, la profesora no deja de toser y el patio termina entrando por las ventanas. Y los objetos se recubren con cualidades de la ceniza: cotonas grises, ventanas negras, e incluso más adentro, los pulmones llenos de polvo.
Y obvio que en medio del mundo que cae no podía quedarse afuera la metafísica cristiana que termina por mitigar el lugar del recuerdo como transfiguración del dolor. Es la figura del Omar que le dice a Martin, el hijo de su pareja, mientras graniza afuera:
“Algún día de estos el cerro va a ceder, fíjese cómo se trastorna el clima. Esta lluvia no viene del cielo, del Señor, proviene del infierno […] Por eso tiene que estar preparado, hijo, harta oración y harta fé. A los hijos de Dios nunca les pasará nada”.
Piensa Martin, que sus palabras son como si quisieran salvarlo del desastre, mientras acompaña a su madre que está sufriendo una pérdida reciente. Un niño presiente como todo se descomprime en casa cuando el Omar se va y el dolor puede resurgir sin ser demonizado. El granizo se vuelve lluvia y después simplemente un agua negra que se mete por debajo de las puertas al interior de la casa, es el desastre que está tan lejos como cerca, que termina hinchando el piso y dejando su olor impregnando, de una humedad hedionda. El recuerdo del padre acecha también, Martin es bueno para traer el recuerdo, no huye ya de él, es más templado, reflexivo… Está rodeado de todo pero nada parece tocarlo, “a la distancia suenan fuegos artificiales, bocinazos, personas abrazándose”. Es una festividad, y mientras se queman los cuerpos viejos, pareciera también estar quemándose el futuro.
Los cuerpos se sienten libres por un momento. Algunos se resisten al dolor, otros encuentran formas de entrar o irrumpir el sueño, la fantasía, para poder habitar una realidad que se desmorona. Es necesaria una ficción o el cese de la palabra.
El desastre comúnmente es atribuido a un cambio repentino de la naturaleza, pero ¿de qué naturaleza se puede hablar hoy, si pareciera este escenario ser obra de un ente omnipotente y temperamental?, ¿cómo habitamos el recuerdo doloroso sobre una tierra a la que han vuelto infértil?, ¿qué hacemos desde los afectos que despiertan entre el recuerdo y nuestro presente? Son preguntas que nos puede acercar la literatura, y este libro en particular, frente a las formas de dominación actuales: tan impalpables como un desastre lejano, pero de instrumentos y efectos que se meten en lo más profundo de nuestros espacios cotidianos.
Marcela Páez Miranda (Antofagasta, 1993). Es Licenciada en Arte, poeta y artista. Actualmente reside en Antofagasta.