Adelanto: La respuesta, por Carlos Rendón

El siguiente texto es un adelanto de la novela del autor Carlos Rendón próxima a publicarse en la ciudad de Santiago por Áurea Ediciones.

Esta es una historia interactiva. A medida que avances, ciertas ideas vendrán a la cabeza del personaje principal, y tú debes decidir si las sigues o no.

Puedes leer la historia de manera tradicional, ignorando estas ideas, o avanzar hasta encontrar tu propia respuesta. Puedes seguir dos líneas paralelas, hacer trampa y regresar en el tiempo, o experimentar todas y cada una de las posibilidades de esta historia.

La decisión es tuya

(…) Hay muchos finales e incontables combinaciones.

Caña, resaca, cruda, borrachera, cogorza, curadera, tranca, embriaguez. Por algún motivo puedes recordar esas palabras y no tu nombre. El sonido de la calle te llega como un zumbido a la cabeza y de pronto ya no solo hay palabras sueltas, sino ideas y algo parecido a una certeza. Estás con la caña, cara contra el suelo; un extraño líquido pega tu mejilla al piso flotante que compraste hace poco. Suena una canción de Phoenix a todo volumen. 

Now I know that a breeze can blow me away

Now I know there’s much more dignity

In defeat than in the brightest victory

Sientes que la letra podría ser interesante, pero no eres capaz de traducirla. Qué raro, se supone que sabes inglés. Comienzas a creer que eres un tonto. Ese parlante te está diciendo que eres un tonto. La música se combina con la bocina de los autos y sientes que te fríen la cabeza. Por fin el dolor te obliga a levantarte. Todo es una amalgama de formas, luces y colores. Una pintura impresionista a tu alrededor. El temblor de tus ojos pasa a tu estómago y sientes que vas a vomitar ahí mismo. No, no es el temblor, es el olor. Tu camisa huele a vómito, igual que tu cara.

¡Ese era el líquido que te tenía pegado al suelo! Piensas en ir a la ducha, pero no recuerdas dónde está, dónde estás. Sí eres capaz de localizar el parlante, una inocente bolita negra en el suelo a la que pateas, y de pronto la música se detiene. Solo quedan las bocinas de los autos, que cabalgan en el aire directo hacia tus tímpanos, y contra eso no puedes hacer nada. Respiras hondo, te apoyas en una silla que tiene ropa colgada en el respaldo. Las paredes a tu alrededor comienzan a adquirir una forma que reconoces. No estás en un lugar cualquiera, es tu casa, el departamento de Santiago. Hace un calor de los infiernos y te das cuenta de que la ducha ya no solo es una cuestión sanitaria, sino de vida y muerte.

El agua cae por tu frente y limpia todos los males etílicos que tenías impregnados, o al menos lo intenta. Te tocas el pelo grueso y grasiento; últimamente te lo has dejado largo, pero sabes que ya toca cortártelo. El agua se lleva consigo una combinación de líquidos que no quieres analizar, baja por tus muslos y recorre tus pantorrillas hasta perderse en la cañería. Sí, deja que arrastre todo lo malo, todas las huellas, todas las heridas. En cierto momento estás a punto de caerte, pero te agarras de la cortina.

Tienes reflejos, al menos eso no perdiste la noche anterior. ¿Pero qué pasó la noche anterior? Sabes que es algo importante. Algo que tenías ya no está. Te refriegas un poco más y sales de la ducha. El espejo te devuelve una mirada ojerosa, un cuerpo que en algún momento fue esbelto, pero que hoy está a mal traer, pasado de moda. 

No recuerdas tu edad, pero sabes que estás arriba de los treinta. Sientes el peso de la experiencia sobre tus hombros. Ya estás grande para este tipo de resacas, piensas, pero no es un pensamiento, sino un recuerdo. Es la voz de tu madre, regañándote aquella vez que regresaste a casa en calzoncillos. Tenías dieciocho años en ese entonces. Te vistes con lo que pillas: una camisa blanca con el cuello amarillento, pero limpia dentro de todo, un pantalón de tela azul y zapatos negros. Hay una chaqueta ancha esperándote en el sofá; te quedas mirándola durante unos segundos, pensando en por qué una prenda como esa estaría esperándote bajo los treinta y pico grados de Santiago. Pestañeas y desvías la mirada por fin a un punto interesante de tu departamento: la mesa en el living, larga, de vidrio y patas negras, adornada por un montón de papeles sobrepuestos unos sobre otros para formar una cadena que cubre casi por completo el ancho vidrio. Hay letras, muchas letras, y solo el intento de leerlas te vuelve a provocar náuseas. Pero no puedes evitar acercarte a ellas. Sabes que es importante. No, importantísimo. 

Muchas de las hojas están manchadas con lo que parece ser vino, o sangre, o ambas cosas al mismo tiempo. Encuentras, entre todos esos papeles, un objeto distinto, una carpeta de plástico con un papel blanco pegado en la esquina. En el papel está escrito, con plumón, “CASO 9876”. Comienzas a recordar, por fin, y de pronto ya no eres un ser extraño. Eres un agente del Estado, especialista en sucesos paranormales.

Tomas la primera hoja, la que está más cerca de la carpeta abierta y tiene formato de ficha, y como si hubieses abierto una olla a presión, tus manos comienzan a temblar y sudar profusamente. No es normal. La gente no suda tanto ni tan rápido. Sigues leyendo a pesar de que cada poro de tu cuerpo te advierte que debes detenerte. Hay secciones manchadas, otras borradas a punta de lapicera con una violencia que te sorprende. Ves el nombre del encargado de la investigación. Tu nombre. Ahora sí que tienes un lugar en el mundo: Samuel Tapia. En la línea de abajo descubres lo que parece ser el nombre de la investigación, escrito con lapicera azul. Reconoces tu letra temblorosa cuando lees “El caso del niño demonio”. Una tercera línea aparece más abajo, medio borrada por una mancha de líquido, pero alcanzas a leer lo que aparentemente es la ubicación del caso: Punta Arenas. Punta Arenas. Sientes un escalofrío. Acabas de recordar algo muy importante. Te ves a ti mismo hace unos días, fren- te a un computador portátil. Te ves cotizando pasajes. Te ves comprando un pasaje con recursos del Estado. Debías viajar a Punta Arenas, claro, eso es lo que haría un agente respetable, no estar borracho en su departamento. Vuelves a mirar el abanico de hojas tiradas al azar por la mesa y ves que una, por fin, no está llena de letras. Es una foto en blanco y negro. La tomas entre tus manos y buscas la luz de la ventana. Al principio no la entiendes, entrecierras los ojos, respiras hondo, intentando controlar la resaca, como si fuese culpa de ella que en la imagen apareciese un bebé con cachos de demonio durmiendo en una cuna.

Un bebé con cachos, por la cresta.

La pura idea te da risa y miedo y risa de nuevo. Recuerdas haber escuchado mitos de bebes nacidos con cara de demonio. Eso te asustaba de niño. Porque fuiste niño, ¿lo recuerdas? Querías ser marino, igual que tu papá. Ese recuerdo en particular te genera un dolor que tensiona tu cuerpo entero. Sientes que, si quisieras, podrías ahondar más en esa memoria, pero te detienes. Tu cabeza previene la debacle. Bien hecho.

Carlos Rendón, Autor

Una cosa más rompe con la monotonía de las hojas dispersas: un post-it escrito a mano. Es una letra distinta, no la reconoces, pero tiene un mensaje dedicado a alguien. Supones que a ti, aunque no puedes estar seguro. ¿Es esto parte del caso?, te preguntas. Puede ser, pero no entiendes de qué manera se puede enlaza el caso de un niño demonio con lo siguiente:

«Me llevé tus documentos por tu propio bien. Y tu celular, Samu, porque ibas a mandarte una embarrada. No te puedo cuidar siempre. Ven a buscarlos a mi casa. Espero no hayas olvidado que viajas a Punta Arenas, aunque seguro ya perdiste el vuelo, gil. Te dejo la dirección, por si acaso: Antonio Varas 423».

La sensación que sientes se podría asemejar a la de una represa que se destruye en tu cabeza y libera una cantidad irrisoria de material encefálico lleno de recuerdos. Una represa hecha de latas de cerveza y whisky. Sabes quién escribió la nota, se llama Martín y es tu amigo. ¿Es tu amigo? ¿No será una trampa? Mueves la cabeza de un lado al otro. Vas al baño una última vez, agrupas las hojas tiradas en la mesa dentro de la carpeta y te la llevas bajo el brazo, confiando en que podrías necesitar ese archivo. Finalmente sacas la llave del departamento que cuelga de una repisa, y sales, temeroso, al mundo real, como un bebé recién nacido que se muere por volver a la panza de mamá. Ves que la mujer en la recepción te mira de reojo con desaprobación. La ignoras. El sonido de la calle retumba en tus oídos, pero sigues adelante. Tienes que llegar rápido a tu destino. Tienes una misión y un caso que resolver, repites para tus adentros. Eres un agente del Estado, maldita sea. 

La calle se extiende como una pista de carreras en la que siempre vas último. Te fijas en las señaléticas para encontrar tu destino. Un carro de policía pasa a tu lado y sientes que podrían estar buscándote, pero la sensación dura apenas unos segundos. Caminas hasta la esquina, desde ahí es doblar hacia la derecha y seguir recto por Antonio Varas hasta la dirección de tu amigo. Pero miras hacia el frente.

No puedes apartar los ojos de esos autos que se mueven como un caleidoscopio de tonos grises y azulados. Es un cruce concurrido de máquinas y el semáforo está en rojo, pero algo te atrae a esa dirección. ¿Es acaso la luz? Sientes que ese cíclope metálico de ojo rojo te llama, que te dará las respuestas que estás buscando. Los autos parecen moverse más rápido, pierden su forma, se vuelven haces de luz de distintos colores. Una voz te dice que ignores a tu amigo y avances hacia la luz roja (50).

Carlos Rendón Bejarano nació en Antofagasta, Chile, en 1994. Es escritor, periodista y gestor cultural. Ha trabajado como reportero, columnista y editor en medios de comunicación, y colaborado con numerosos
proyectos culturales en el norte de Chile. Desde 2024 es miembro de la Asociación Internacional de Críticos de Arte. Como escritor, ha sido reconocido en diversos concursos literarios tanto de carácter nacional como
internacional. Es autor de los libros «La muerte en colores» y «Reptilia», este último obtuvo doble mención de honor en los International Latino Book Awards, y fue finalista en los Premios Municipales de Literatura de Santiago 2024.

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